viernes, 27 de septiembre de 2013

DE MARÍA CRISTINA A DORCAS

De María Cristina, A Dorcas.
María Cristina, era una niña exigente con la ropa que su madre Angélica le confeccionaba con su precaria máquina de coser a pedal. Angélica, era diseñadora de modas y había trabajado en las mejores tiendas diseñando ropa de alta costura. Los tiempos eran muy difíciles en el país por esos años y la indemnizaron. Con ese dinero invirtió en una maquina; con la idea de coser para las mujeres de la pequeña ciudad donde vivía y realmente esto se hizo realidad.
Una de sus clientas más exigente era María Cristina, su pequeña hija de solo ocho años. Así se dirigía a su madre.  — ¡Mamita, mamita! yo quiero que la falda de mi vestido sea  blanca y con moños rosas. Todas mis compañeras irán al cumpleaños de Luciana con vestidos  de seda y yo siempre tengo que llevar de algodón. 
. — María Cristina vos vas a ir con el vestido que mamita pueda confeccionarte y si no te gusta, entonces no irás a ningún cumpleaños. — Allí comenzaba el llanto desconsolado, el zapateo y su famoso —¡Cuando venga papá le voy a decir que no me querés, que a mi prima Teté le haces los mejores peinados y vestidos, y a mí estas  trenzas feas y desparejas!.— A lo que su madre con firmeza respondió.
. — ¡A tu habitación María Cristina!— le decía su madre, Angélica,  con la varita de sauce en la mano.— Esto no necesitaba mayor explicación ya que Angélica la corregía con la vara. . — ¡Vení aquí María Cristina!— A lo que la niña respondía endureciendo su trasero. — ¡Pegáme!— Decía esto en tono desafiante y sin temor alguno. . —Angélica, haciendo caso omiso a las lágrimas de la niña, daba un varetazo., María Cristina le clavaba sus ojos negros totalmente desviados a causa de su nacimiento por la maniobra de los fórceps que se vio obligada a usar la partera; porque de no ser así hubiera muerto en el parto doloroso que Angélica nunca pudo olvidar.
Y desde la cocina le advertía. — dejá de gritar, yo tengo que atender a tus hermanos y ya va llegar papá. — Entre sollozos,  María Cristina  quedaba dormida.
Angélica preparaba la cena y llegaba papá Francisco, de viajar cincuenta y siete kilómetros, acompañado por el perro Polo que lo iba a  esperar a la parada del colectivo.
..—Hola, mi amor ¿Cómo  pasaste el día?—Bien¿ y vos?.— Hoy hubo mucho trabajo y compre estos caramelos que son los que más nos convienen porque al venir en tiras,  los podemos dividir  y de este modo alcanzan para todos.¿ Y los chicos?.— En la casa de doña Carmen mirando televisión .— A los pocos minutos golpearon a la puerta y comenzaron a gritar..— ¡Angélica! ¡Don Francisco!.— Vengan a ver por favor. — Alarmados salieron los padres de María Cristina a la  vereda. — ¡Por favor ¡ no la castiguen ; pero miren lo que hizo María Cristina con mis azucenas.
. — ¡Qué dolor para Francisco! Que amaba a su hija. Varías veces el médico le había dicho que la medicación era necesaria, que se la dieran y él por no querer asumir que esa niña debía ser operada y medicada; porque sus caprichos eran causados por sus nervios a causa  del mal uso de los fórceps. — María Cristina, hija ¿Por qué hiciste eso?— Ya llorando y abrazando a su padre,  le decía para regalárselas a mamá. Yo la hice renegar papito. . — Doña Carmen, perdónenos.— ¡Lástima porque crece una sola vez al año!— María Cristina,  no hacía las cosas con maldad; sino con ese resentimiento y ese carácter fuerte que había   desarrollado; para soportar las burlas de los compañeros en el colegio, por ese problema en sus ojos.
. —Angélica angustiada le comentaba a Francisco. — ¡Ojalá la operen pronto!, solo dos años dijeron los médicos. — Vamos madre a cenar que mañana tengo que madrugar.
.— A la mañana muy temprano, María Cristina con sus zapatillas, juntaba unos cardos y hacía arder en el brasero el fuego y ya estaba preparando el agua para el desayuno de su padre y a la pasada había tenido tiempo para saltar la tapia y cortar una rosas para el florero de su madre.
. —Papito, hoy me voy a portar bien y me voy a poner el vestido que mamita me está haciendo para ir al cumpleaños de Luciana; aunque todas van con vestidos de seda. —Negrita, como solía decirle con cariño Francisco. — Tenés que aprender a no mirar a la gente por la ropa, siempre que veas a alguien, nunca te dejes llevar por comentarios, o bromas y vas a ver como todos van a cambiar y te miraran de otra manera.
. — Papito. — insistía María Cristina.— ¿Puedo irme un tiempo con tía Nataly, así me lleva a esos lugares donde todos los niños me quieren y la tía me enseña cosas de Dios?.
. —Francisco muy apurado le contesta. — María Cristina vos tenés que ayudar a mamá, tenés que continuar estudiando aunque te cuesta mucho, solo tenés  que ser obediente en todas partes, más con los mayores. Ya te dije las apariencias muchas veces nos engañan.
. — En el verano podré ir a la casa de tía Nataly. — De acuerdo dijo Francisco y ahora estudiá y no te metas en problemas. . — A lo que respondió María Cristina, —¡Bueno papito! colgándose del cuello del padre.
. — ¡María Cristina!— llamó Angélica. — Si, mamita. — Vení vamos conversar. . —¿De qué?. — De algo lindo para vos. . — Bueno. — Hija hoy va a venir mi amiga para enseñarme a tejer, se llama Blanca y teje unos hermosos pullovers y quiero aprender para tejerle a ustedes y luego venderlos para que tengamos más dinero, hija. Andá y ponele la cadena a Polo y atalo para que no muerda. — Si, ahora cuando vuelva lo hago mamita. — Y así lo hizo.
Golpearon las manos y llegó Blanca acompañada de su hijo Manuel, un niño alto y bien parecido que cuando vio a María Cristina la miró con un gran desprecio. La niña recordó las palabras de su amado padre y los invitó a pasar.
Blanca, era alta de  cabellos rizados y su vestimenta era muy humilde. María Cristina  vivía pensando en que los vestidos mejoran la vida de la gente; por eso ella quería siempre los mejores. Y miró con desprecio las ropas de Blanca. 
Ese día su madre comenzó las clases de tejido y así llegaron a pasar dos meses, cuando María Cristina la veía llegar, le abría la puerta y se alejaba porque pensaba que Blanca tendría en sus ropas humilde olor feo.
Una mañana Blanca con mucha ternura le preguntó si quería que le enseñara diciéndole que  ella  a pesar de ser una niña tenía una manitos muy lindas para tejer y como la observaba realizar las tareas de la casa y  lavar los patios de las casas quintas de fin de semana, por los cual los dueño a fin de semana le pagaban por lavar los patios y regar los jardines, pensó que tejiendo junto a Angélica podía ganar más y estar más segura.
. —Blanca, dijo María Cristina, tiene que preguntarle a mi mamá. — Blanca, se dirigió a Angélica y esta respondió que apenas le alcanzaba para pagar las clases que tomaba ella. ..—No te preocupes Angélica lo hago sin ningún interés. — Si ella lo desea. Le aclaro que no es nada fácil tratar con María Cristina. — ¡Qué alivio!, dijo para su adentros María Cristina, no tendré que acercarme a sentir el olor que deben despedir sus ropas. —Igual piénsalo niña. . — lo pensaré y se fue a saltar a la cuerda en el patio por los senderos bordeados de gladiolos y dalias.
Al rato se escucharon unos gritos ¡Mamita! ¡Mamita!. — Angélica corrió y la trajo en brazos con una herida en la pierna muy profunda. Ella ayudada por Blanca la curaron ya que el hospital quedaba a un kilometro y medio. María Cristina apoyada en el regazo de Blanca, podía sentir el suave perfume a ropa lavada con jabón y como la acariciaba mientras la madre lavaba la herida.  Y diciendo una oración en voz baja que María Cristina conocía por boca de la tía Nataly.
. — Ahora unos días en la cama María Cristina. — ¡Me voy a aburrir mamita!— Dijo María Cristina muy apenada. Con una amplia sonrisa, Blanca le acarició la cabeza y le dijo: — Sabés María Cristina lo que Dios dice en la Biblia que a los que aman a Dios todas las cosas son para bien, mi niña.— Eso también dice mi tía Nataly, cuando la voy a visitar y me  lleva con los niños a aprender de Dios. — Vamos a hacer una cosa, si mamá nos da permiso, yo vendré todas las tardes a enseñarte a tejer. — Angélica, todavía ofuscada por el disgusto le respondió. — ¡Te la regalo, llévala a tu casa!
Por varios largos meses los vecinos extrañaban a María Cristina, mientras Blanca le compraba la  lana con el dinero que María Cristina guardaba en una bolsa dentro de una lata de yerba, esas moneditas que le daban por limpiar patios de las casa quintas y ella tejía, bufandas, pullovers, carpetas y la mandaba a los asilos de ancianos, a sus pocos amigos, y también a sus enemigos. Aprendió mucho junto a Blanca. Llegó el verano y viajó con la tía Nataly a un lugar donde había niños muy carenciados y ella tejía ropa que guardaba para el invierno. María Cristina aprendió por el amor de una cristiana de ropas humildes, sencillas a dar y allí se olvidó del defecto que la hacía ser egoísta, porque Jesús tomó su vida y la trasformó de alguien que miraba y juzgaba por las apariencias, en una niña como Dorcas, esa sierva del libro de los Hechos. Por eso su tía Nataly le decía. — Ahora eres Dorcas. . —Y como era muy curiosa, leyó la historia y aceptó a Cristo como su Señor y salvador y su vida cambió de ser María Cristina,  a Dorcas.
Sean Justos, en sus juicios y no juzguen por las apariencias. Juan 7:24.





















Autora: Mirta Barolo
   
  




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