Liliana, La Silenciosa.
En la escuela a donde asistía a
estudiar el profesorado de letras, todo era bullicio. Todos en esa pueril
adolescencia nos sentimos, genios, los dueños de la verdad, y en muchas
ocasiones herimos con actitudes negativas a personas de la cuales ignoramos las
virtudes o talentos que Dios en su amor puso en los que nos rodean.
Esta fue el caso de mi querida ex
compañera Liliana, la silenciosa. La recuerdo como si fuera hoy aunque ya han pasado treinta y tanto años.
Liliana llegaba al aula con una
conducta sumisa, solo sonreía, hacía en ocasiones muy esporádicas un comentario
a los profesores que tampoco reparaban mucho en ella. Yo me vinculaba con mis
compañeros más locuaces, los que me podían hacer favores, reír. Así estaba
Alejo Huidobro el más grande en edad, y mayor experiencia en letras porque ya
era periodista. Para mí era el que me daba clases de gramática y otros que
eran con los que nos reuníamos a
estudiar en la Ochava.
Liliana, la Silenciosa, por el
contrario, ella llegaba y se ponía a estudiar en un rincón, parecía muda.
Pasado un tiempo en el colegio se
realizó un gran evento como lo es la entronización de la bandera de Ceremonias,
que unas personas donaron. La profesora
que organizó todo nos comprometió a todos los alumnos, ya que a dicha ceremonia deben asistir todos los
colegios de la zona y un sacerdote para bendecir la bandera. Todos colaboraron
y estaba invitada la banda de un regimiento para tocar el himno nacional,
Aurora. La profesora invitó el coro polifónico de la ciudad. Así llego la
maravillosa noche de un noviembre muy cálido. El colegio estaba lleno de
personas, todos muy emocionados al ver como la abanderada y escolta pasaban entre dos filas con la bandera de Ceremonias,
mientras las banderas eran levantadas al
compás del tema Avenida De Las Camelias.
Para sorpresa de todos entró el
coro polifónico de la cuidad y desde un rincón comenzaron a cantar y la soprano
era Liliana, la silenciosa, de la que nunca dejaré de recordar esa maravillosa
voz que hizo derramar lágrimas de emoción a todos, que no cesaban de aplaudir.
Cuando todo hubo terminado me acerqué y con gran dulzura y humildad Liliana me
contó que hacía años integraba ese coro.
Recuerdo que me sonrió y me dio
las gracias por mis justificados elogios
y reconocimiento. Liliana, la silenciosa, esa noche fue entrevistada por todos
los profesores, alumnos y las personas que donaron la bandera.
Paso ese día y Liliana, la silenciosa,
siguió como siempre con su buena conducta, y su amabilidad para todos nosotros.
Dios la este bendiciendo a donde
se encuentre.
Mirta Barolo de Acuña.
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